Por Florencia Aroldi

Lenguajes del adiós, de Patricio Abadi, es algo del orden extra teatral, en el mejor sentido del término. ¡Qué maravilla cuando el teatro nos hace seres humanos!

El origen del teatro en la Grecia antigua está ligado a los grandes interrogantes de la existencia, a los mitos fundacionales y a las leyes básicas de la civilización. El mito de Edipo, con sus prohibiciones primordiales, encuentra en esta obra una forma singular de refundarse. Abadi lo aborda desde otro lugar, con una elegancia que no necesita subrayados y que vuelve a poner en cuestión los vínculos familiares, la memoria y nuestra manera de mirar a quienes nos dieron la vida.

Aunque la madre ocupa un lugar central, lo que Abadi pone en juego es también el nacimiento de su propia paternidad.  Parir al padre, abre una lectura que trasciende la historia familiar: parir al padre es también darse a luz a sí mismo en ese lugar, reconocerse en una genealogía y preguntarse qué hacemos con aquello que recibimos de quienes nos precedieron. Porque, así como el hijo es parido, también hay una paternidad que debe nacer, construirse y encontrar su propia voz.

Abadi, recupera a su madre, quien falleció por una dura enfermedad, a través de fragmentos audiovisuales que constituyen el corazón de la obra. No se trata de un homenaje convencional, sino de volver a darle presencia, de recuperar su voz, su pensamiento y su manera de estar en el mundo. En ese gesto hay una ética del respeto hacia las mujeres, hacia la vida y hacia quienes nos precedieron y nos invitaron a jugar esta mágica aventura de vivir. Dice, casi al pasar (aunque nada queda fuera del lenguaje, y nada es “casi” en este texto) la posibilidad de un próximo espectáculo dedicado a su padre, como si esta indagación sobre los vínculos y la propia historia todavía tuviera nuevos territorios por explorar.

Aunque parte de la propia historia, Lenguajes del adiós excede las fronteras del biodrama. Quienes escribimos, trabajamos, inevitablemente, con la materia prima de nuestra experiencia, pero es en la operación artística donde esa materia se transforma y adquiere otro espesor. En este unipersonal, los fragmentos audiovisuales, su pensamiento y sus conversaciones no funcionan como meros documentos: constituyen una trama viva, un territorio de sentido que dialoga con la palabra y la presencia escénica de Abadi. La vida no se reproduce: se vuelve teatro. Y en ese pasaje, tan sutil como riguroso, reside una de las singularidades de la obra.

Con una elegancia que nunca subraya sus procedimientos, Abadi hace del escenario el living de su casa y de la platea un espacio de conversación íntima. El límite entre lo vivido y lo representado se vuelve casi imperceptible: una frontera tenue donde la memoria “hace movimiento” de dialogar con la ficción.  Así, el teatro se reinventa y el mito de Edipo vuelve a interrogarnos desde otro lugar: ya no solamente desde la tragedia, sino también desde la posibilidad de mirar a nuestros padres, reconocerlos en sus contradicciones y descubrir cuánto de ellos nos constituye.

Ernestina, la madre de Abadi es una mujer lúcida, intelectual, filosófica, de una inteligencia que evoca a Alejandra Pizarnik. Sus reflexiones y preguntas sobre la existencia van mucho más allá del mero paso, circunstancial o no, por esta vida. Es también esa madre que lo parió más de una vez, pero que, sobre todo, volvió a parirlo cuando él tenía casi diecinueve años, al “expulsarlo” de su hogar. Un acontecimiento que, con el tiempo, contribuiría a que Abadi comenzara su carrera como escritor, actor y director.

Cuando un autor escribe con la tinta de su propia vida, puede alcanzar una honestidad y una ética capaces de transformar a quienes somos testigos de esa experiencia. Abadi comparte lo más íntimo de su historia, hasta llegar a las orillas del pudor. Y eso habla de un profundo respeto hacia sí mismo y hacia los demás

Un espectáculo sensible, pero con una tesis contundente en la escritura, la dirección y la actuación, que invitamos a descubrir el próximo 5 de diciembre en El Camarín de las Musas.

Nadie queda al margen de los nervios, las arterias y las fibras que toca esta obra. Sin golpes bajos, sin carnicería humana, Abadi se permite mirar el pasado y el presente, y tender un puente hacia las nuevas generaciones.

Un espectáculo, por sobre todas las cosas…Franco. Un reconocimiento a su propia madre, a la madre de su hijo y, a través de ellas, a todas las madres. Porque a veces el teatro logra ese gesto inmenso: devolvernos a quienes nos dieron la vida y, al mismo tiempo, ayudarnos a comprender la vida que nosotros mismos engendramos… ya, sin temerle al vacío.


El Camarín de las Musas: Mario Bravo 960, CABA / Funciones: Domingos a las 18hs / Entradas: A la venta en la boletería del teatro, en su sitio web o mediante Alternativa Teatral.