Por Jaqui Ramirez
Entrevistar a Marcelo Weissel es, de alguna manera, sentarse a conversar con el tiempo mismo. Pero no con un tiempo abstracto de museo, sino con uno vivo que late bajo el asfalto. Referente indiscutido del patrimonio portuario, Marcelo posee esa cualidad esquiva de los grandes: la sencillez. En un ámbito de protocolos académicos, él prefiere la honestidad del territorio y la franqueza de quien sabe que cada lugar revela quiénes somos. Con una convicción inquebrantable, se ha convertido en el guardián de esas historias que la ciudad —a veces por descuido, otras por urgencia— intenta sepultar.

Marcelo Weissel en el Museo Conventillo Marjan Grum en La Boca, presentando “Proyecto Naufragios, Incendios e Inundaciones en la Historia del Riachuelo ¿Aprendemos del pasado?”. Ph: Osvaldo Tacconi.
Jaqui – Alerta Cultural: ¿Cómo empezaste a interesarte en la Arqueología?
Marcelo Weissel: Empecé estudiando escenografía física porque me gustaba el agua, pero cuando vino química, dejé. Tenía 18 años y me fui de mochilero a Estados Unidos; recorrí mucho y a la vuelta vi el programa de Antropología y me anoté. Me interesan las culturas: mi papá es alemán y mi mamá argentina, esa mezcla siempre estuvo. Así empecé y me fui de campaña al sur, a la Isla de los Estados, en Enero de 1988. En un momento dejé la carrera y me fui a Europa con mi señora; fuimos a Rusia, Italia, Alemania y al regresar dije: “Arqueología Urbana”. Mi historia no iba a ser la de “otros”, sino la historia de los porteños. En 1997 me recibí con una tesis sobre la infraestructura de Buenos Aires vista desde las tapas de registro. Luego, me llevó otros 13 años completar mi tesis doctoral titulada: “Arqueología de La Boca del Riachuelo: puerto urbano Buenos Aires, Argentina”.
Jaqui – AC: Pertenezco a la misma casa de estudios y me imagino que en Arqueología la parte práctica es fundamental, ¿no?
Marcelo Weissel: Más o menos; es una gran crítica que se le hace a la carrera, pero siempre los veranos se van de campaña. En mi caso, fui a Salta, Tierra del Fuego, Chubut, Neuquén… hicimos campaña con colegas y profesores. En los años 80 recorrí Latinoamérica: Perú, Brasil, Uruguay, Chile, Bolivia. De chico también fui a México, a Yucatán y a la meseta central; es un lugar increíble por sus pirámides y ruinas.
Jaqui – AC: Muchos me dicen que sos un apasionado por La Boca y creo que están en lo cierto. ¿Cómo llegaste a este barrio?
Marcelo Weissel: Es que La Boca tiene una arqueología, una cultura material, una fisonomía y un paisaje con un puerto que nace con la ciudad. Llegué con mi tesis. Acá es un distrito diferente: el radio antiguo de revisión de aguas era un sistema combinado —provisión de agua, pluviales y cloacales iban juntos— y todo funcionaba por gravedad, salvo La Boca, que necesitaba bombas.
En 1998 excavamos la casa de bombas que estaba enfrente del Parque Lezama; ahí estaban las bombas impulsoras que hacían pasar el agua por el sifón del Riachuelo en la calle Vieytes. Es todo infraestructura urbana, es la historia de la ciudad, y vi que La Boca era única. Llegué con otro colega, Jorge Novello, con quien conformamos la comisión de rescate de La Boca-Barracas porque se venían las obras de control de inundaciones e iban a desarmar la Plazoleta de los Suspiros. Nos pusimos en contacto con Rubén Granara Insúa, quien nos dio lugar en el Museo Quinquela Martín para tener un depósito y guardar lo que encontrábamos. Así empezamos entre 1995 y 1997. Después vino la crisis del 2001 y se robaron las placas, pero trabajé en muchas obras públicas: el puente Buenos Aires-La Plata, los conventillos y el control de inundaciones, juntando cada vez más información.
Jaqui – AC: ¿Cuáles fueron los mejores descubrimientos en La Boca?
Marcelo Weissel: En la Vuelta de Rocha salieron las cosas más raras. Allí, el muelle antiguo era de madera y mucho más reducido; lo sacaron recién en 1887. En plena calle encontramos una cadena y un arga —un tipo de ancla— que se fijaban ahí mismo, e incluso hallamos otra ancla por la zona de Montes de Oca. Un hallazgo muy curioso fue la enorme cantidad de cabezas de vaca: les cortaban el cráneo para sacarles el seso, con el que hacían el relleno de ravioles de seso con borraja, una receta destacada del violinista italiano Paganini en el siglo XIX, pero el resto del hueso lo usaban como material de relleno para controlar las inundaciones. También aparecieron restos de calafateo —evidencia de construcción naval— y muchas botellas de alcohol.
Debajo de Caminito, por ejemplo, pasan dos conductos entubados de un antiguo arroyo; esa obra la hizo el Ferrocarril del Sud en 1937. En la manzana de Proa corre otro conducto, que marca el límite entre las propiedades de ingleses, catalanes y vascos. Por eso el primer Juez de Paz de La Boca fue el vasco Sebastián Casales. ¿Y por qué un vasco arreglaba con un genovés? Porque ellos eran los dueños de la flota, de los barcos y de la tierra; era otro nivel de poder.
En el predio de Andreani excavamos en 2002 y 2018; ahí encontramos un astillero completo con miles de astillas, clavos y herramientas. En ese lugar funcionaba el Almacén del Puntín, donde la revista Caras y Caretas decía que nació la “mano negra” y la conspiración. Mi conclusión es que los genoveses se instalaron en la ribera para construir barcos —como los Badaracco o los Cichero— y les compraron las tierras a los vascos y catalanes, consolidando su propia fortaleza con los Carbonarios y negociando a través de famosas peleas en los bares de la calle Ayolas. Lo fascinante es que todo esto lo cruzamos con los censos de 1855 a 1895. Comparando esos nombres con lo que desenterramos, logramos sacar la fecha exacta de llegada de esas familias al país.
Jaqui – AC: ¿Cómo fue el descubrimiento en Puerto Madero?
Marcelo Weissel: En 1998, trabajando en la obra de control de inundaciones, unos obreros avisaron que habían encontrado un barco en el Hotel Hilton. Paramos la obra y efectivamente era una balandra pequeña que luego estudió una colega. Lo más importante fue que establecimos la jurisprudencia para la Ley de Protección del Patrimonio Arqueológico de 2003. Además, identificamos la profundidad de la arena de la playa de Buenos Aires a unos 6 metros.
Diez años después vino la obra de Zencity en el Dique 1. Yo era director del programa de educación patrimonial infantil “Historias bajo las baldosas”. En agosto de 2008 me metí en las excavaciones y el 29 de diciembre del mismo año encontré los restos de un barco. Lo denuncié y se armó un problema grande. Terminó interviniendo el jefe de gobierno de ese entonces, Mauricio Macri; se armó un área arqueológica, se excavó con un equipo que sacó todo y se lo llevó a Barraca Peña.
Jaqui – AC: ¿Cuánto duró la excavación?
Marcelo Weissel: Duró tres meses, pero en vacaciones de invierno hicieron una exposición para que todo el mundo pudiera verlo. Se terminó sacando al año.
Jaqui – AC: Cuando empezás a excavar y descubrís algo, ¿qué te pasa por la cabeza?
Marcelo Weissel: (Sonríe) Es movilizante. Meses antes del gran hallazgo apareció la boca de una botija sevillana (cerámica española). Me dije: “Qué raro esto… hay que estar atentos”. Después empezaron a verse las costillas del barco en la arena. Hice un pozo y justo excavé arriba de un cañón. Fue una locura; ahí nomás Daniel Vitale, un compañero de trabajo prendió la pólvora y la noticia dio la vuelta al mundo. Se convirtió en lo más importante de mi carrera pero, a su vez, se metieron políticamente, me robaron el proyecto y todo terminó mal.
Jaqui – AC: ¿Qué historia pudiste reconstruir de ese descubrimiento?
MW: Como te contaba, me alejaron del proyecto y me prohibieron la entrada a Barraca Peña. Entonces me dediqué a investigar la historia del barco por mi cuenta, algo que hice durante la pandemia: busqué su nombre real. Aún hoy la Ciudad no dice oficialmente cuál es ese barco. No les interesa que La Boca sea un lugar de investigación cultural. Toda mi investigación está plasmada en el libro “Navío del Aviso a Buenos Aires”.
- Marcelo Weissel en plena zona de obra, registrando cada capa de tierra como quien lee un libro de siglos. A la derecha, el resultado de años de excavación y archivos: su obra Navío de Aviso a Buenos Ayres.
Jaqui – AC: Ya que lo mencionás, contanos cómo fue tu llegada a Barraca Peña.
Marcelo Weissel: En 1995 tomé contacto con los propietarios, la empresa Hormaco. Hicimos estudios y una conexión inicial donde está el aljibe del Almacén El Triunfo. Es un lugar con mucha historia. Identificamos el muelle antiguo mediante georradar. En 2007 se expropió el lugar y se armó una unidad de turismo donde trabajé. Después de lo del barco y la prohibición, en 2018 me pidieron que vuelva. Estuve toda la pandemia y la dejé muy linda: hicimos exposiciones y rescatamos 60 pilotes de madera espectacular del Paseo del Bajo. Estuve allí hasta el 2024, cuando cambió el gobierno y pusieron a otras personas.
Jaqui – AC: ¿Cuál es el hallazgo más difícil de encontrar en La Boca?
Marcelo Weissel: Son dos. El primero es el origen del tango, encontrar ese lugar antiguo ligado al desembarco de esclavos y la presencia afro en Argentina. La otra es el bailetín de Filiberto en el bar Basilia, en esas esquinas de la calle Necochea. Ese es el lugar donde debería estar el museo arqueológico. Además, abajo está el Riachuelo de los navíos. También busco la ubicación de la primera Buenos Aires de Pedro de Mendoza; tengo una idea de dónde está basándome en la hipótesis de Paul Groussac, quién fue director de la Biblioteca Nacional de 1885 a 1929, que la situaba en las cuatro manzanas entre Martín Rodríguez, el Riachuelo, Olavarría e Iberlucea.
Jaqui – AC: Esta es la pregunta que más me gusta: ¿Cómo pensás que cambia nuestra percepción de Caminito, de la Bombonera y del barrio en general al encontrar estas “nuevas” cosas del pasado?
Marcelo Weissel: Lo primero que cambia es la profundidad de la historia. En el caso de los barcos, es un tema central porque te obliga a mirar hacia abajo y entender que hay capas de identidad. La Boca tiene su propio tiempo; en el mundo boquense, los vecinos viven una temporalidad diferente que se refleja en los objetos, y estudiar eso es hacer ciencia.
A través de nuestra fundación, impulsamos programas de “ciencia ciudadana” para que el vecino entienda, aprenda e impulse su entorno. De esa manera, se pueden construir bancos de datos, consolidar los conventillos y recuperar motivos para navegar, que es algo que ya está pasando. Nuestra identidad está en el movimiento: tenemos que conectar con Gualeguaychú y con Uruguay; ir, venir y aprender de esa cultura compartida del agua.
Jaqui – AC: Contame sobre tus próximos proyectos y qué expectativas tenés para la República de La Boca.
Marcelo Weissel: Estamos enfocados en la arqueología industrial y la mecánica naval. Con Osvaldo Tacconi estamos reconstruyendo la historia de los barcos y sus entornos para este año. Tenemos muchísima documentación y anécdotas acumuladas.
También, hay que entender algo: La Boca ya ocupa un lugar en la geografía mundial como destino turístico, pero todavía falta que se la reconozca como el puerto histórico que es. La UNESCO ha declarado más de mil sitios como Patrimonio Mundial, y entre ellos hay cien puertos: Cartagena, Valparaíso, La Habana, Venecia… ¿y La Boca no? El año pasado declararon a Port Royal en Jamaica; nosotros tenemos que lograr que declaren a La Boca, y ese impulso va a salir de nosotros. Pero para eso necesitamos reactivar la economía del río: la carpintería, la construcción naval… todo eso es una economía vital. La gente tiene que capacitarse en hospitalidad; ahí está la clave para el futuro del barrio.
Cerrar el cuaderno de notas después de hablar con Marcelo me deja una sensación reconfortante: la de saber que el patrimonio de la ciudad está en manos de alguien que lo cuida con el corazón. A pesar de los obstáculos políticos y los proyectos arrebatados, su mirada sigue puesta en el futuro, en la educación y en el rescate de la madera como testigo de nuestra identidad. Nos despedimos con la certeza de que, mientras Marcelo siga caminando las orillas del Riachuelo, el pasado de Buenos Aires siempre encontrará una voz para hablarnos en presente.



