Por Florencia Aroldi

Una vez más, Libertablas, compañía emblemática de la cultura teatral argentina, entrega un espectáculo de enorme belleza, sensibilidad y poesía. La culpa es de la tierra, inspirada libremente en Bodas de sangre de Federico García Lorca, es una experiencia escénica donde la palabra, la música, los títeres y las imágenes dialogan para recrear una de las tragedias amorosas más intensas de la literatura universal.

La versión libre y la puesta en escena son de Luis Rivera López, quien consigue acercarse al universo lorquiano sin perder su esencia. La dirección, compartida por Luis Rivera López y Gustavo Manzanal, encuentra una forma profundamente teatral de abordar el clásico, construyendo un lenguaje propio que respeta la potencia poética del original y la resignifica desde el teatro de objetos y títeres. La producción ejecutiva de Sergio Rower acompaña este trabajo con la solidez necesaria para que cada aspecto de la propuesta alcance un alto nivel de realización.

En el centro de la escena aparece la extraordinaria Mónica Felippa, quien sostiene el espectáculo con una entrega conmovedora. Desde su cuerpo, su voz y su sensibilidad insufla humanidad a cada personaje. Su interpretación trasciende la técnica: cada cambio de voz, cada gesto y cada respiración convierten a los títeres en seres vivos, atravesados por el deseo, el dolor y la fatalidad. Felippa logra que el espectador olvide el artificio para entregarse por completo a la emoción.

La música original de Nayla Ledesma y la interpretación en vivo de Anahí Ledesma constituyen otro de los grandes aciertos de la puesta. El ensamble musical acompaña la acción con delicadeza y profundidad, convirtiéndose en una presencia dramática que dialoga permanentemente con los personajes y amplifica la intensidad de cada escena.

La escenografía y los títeres diseñados por Alejandro Mateo despliegan una estética de notable belleza, mientras que las proyecciones enriquecen el universo visual sin desplazar nunca el corazón del acontecimiento teatral. La luna, figura central en el imaginario de Lorca, observa silenciosa el destino de los amantes y se convierte en testigo de una pasión que ninguna norma social consigue detener.

Porque La culpa es de la tierra habla, justamente, de aquello que resulta inevitable. Del lenguaje de la naturaleza que termina imponiéndose sobre los mandatos, las convenciones y las prohibiciones. Allí donde la razón fracasa, florecen el deseo, la pasión y la tragedia. Como en toda la obra de García Lorca, el amor no admite obediencias: responde únicamente a la fuerza incontenible de la vida.

Merecedora del Premio Trinidad Guevara, esta producción confirma una vez más la excelencia artística de Libertablas y la vigencia de un modo de hacer teatro donde la artesanía, la poesía y la emoción conviven con absoluta naturalidad.

La culpa es de la tierra no solo reinterpreta a Lorca: lo hace renacer. Y nos recuerda que, cuando la pasión habla, la tierra siempre encuentra la manera de hacer florecer aquello que parecía imposible contener.