Entrevista por Jaqui Ramirez
La Boca no es solo un barrio: es un taller a cielo abierto donde la memoria colectiva se esculpe con materiales prestados, afectos y resistencia. De esa manera nació hace un tiempo San Benito (la imponente figura itinerante de Benito Quinquela Martín creada por la artista plástica Amancay Sal), un ícono que empezó a caminar las calles y se convirtió en parte del paisaje cotidiano. Pero los santos populares y los emblemas comunitarios siempre encuentran la manera de multiplicarse.
Entre charlas y mate, Amancay se puso al hombro la misión de investigar, moldear y dar vida a un nuevo personaje sagrado y callejero. Hablamos con la artista y nos contó todo sobre su última creación.

Jaqui: ¿Cómo surgió el Gauchito?
Amancay: Al principio el pedido fue de los vecinos de las vías, por el desalojo del altar donde estaba el Gauchito. Esto habrá sido hace dos o tres meses, no sé exacto. Vinieron acá al Samovar a decirme algunos vecinos que, como había hecho a Benito, si podía hacer al Gauchito.
Jaqui: ¿Conocías la imagen, tenías referencias?
Amancay: Conocía la imagen, pero no sabía en su totalidad. Así que fuimos a ver una obra, El Desertor, en el CCK. Estuve estudiando, viendo cómo hacerlo, y se lo propuse a Napo. En colaboración, entre los dos, lo estamos haciendo, porque prácticamente el 90% de las cosas que lleva el Gaucho son del Samovar.
Jaqui: ¿Y sabés qué les moviliza a los pibes de las vías el Gauchito? ¿Te dijeron algo, te expresaron qué les pasa con él?
Amancay: Bueno, ellos son creyentes, son fieles a él. Un montón de gente cree en él y sabe sobre su historia. De esa manera me puse a interpretarlo: a vivir un poco en esto de la deserción, de la lucha también entre los artistas del barrio, fortalecer un carácter de que estemos todos bien en una comunidad. Entre Benito y el Gauchito son un pacifista y un solidario; tienen una gracia particular que es lo humilde, la comunidad.
Jaqui: Tienen una conexión.
Amancay: Claro, tienen una conexión. Y yo lo armé no solo por el encargo, sino por el agradecimiento de haberse cruzado en mi camino de artista a realizarlo, a interpretarlo y a exponerme con él. A ponerle el cuerpo, estudiarlo y saber de qué se trata el respeto con los fieles de él, ¿no?
Jaqui: ¿Algo te sorprendió?
Amancay: Sí, la sorpresa y la alegría de la gente “¡Uy, el Gauchito, el Gauchito!”. Ya le dejaron regalos, lo toman como un santuario. Mucha gente que es fiel y cree viene y me dice: “Yo te voy a ayudar a moverlo”. Hay otra cosa, aparte de lo que uno puede decir de la movida artística, es una cuestión bien humana. A mí me da la posibilidad de crearlo, de imaginarme que está acá y que sea para el bien de todas las personas del barrio. Y dar un mensaje de que, a pesar de las malas noticias de sacarlo de un lugar y que nadie pueda llevarle su velita como estaban acostumbrados, o su cigarro o su agradecimiento, a través del arte eso se puede transformar y crear un personaje. Por lo menos este 8 de noviembre lo sacamos. Ya después no sé qué va a pasar: si el 8 de diciembre —que se superpone la Virgen y también la Santa Gilda, con la que vamos a empezar a trabajar también porque apareció y quiere sumarse a esto.
Ya al Gauchito lo sacamos a las redes; no tiene muchos seguidores, no pasa nada, pero ya se sabe que hay un nuevo personaje dando vueltas.
Jaqui: ¿Cómo fue al proceso creativo?
Artista: El proceso creativo en sí fue enfocarme total en la historia de él y ponerme 24hs con eso. Colaborando acá en El Samovar de Rasputín como taller de arte, con la ayuda y el apoyo de Napo, que me dijo “mandale” e hizo las cosas más duras. El primer día medía 5 metros, lo tuvimos que bajar porque la cruz estaba por un lado, el cuerpo por el otro, desmembrado. Vino él y me ayudó en el ensamble, la atornilladora, la amoladora… cosas que yo no trabajo. Yo soy más de atar, pegar, hacer nuditos. Me gusta que quede en reposo, que tenga movimiento, como Benito, que lo desarmabas y lo metías en un bolso, lo levantabas y es arte callejero. Este es un poquito más duro, más grande y pesado. Vamos a ver cómo se mueve y qué repercusión tiene. Me pone un poco ansiosa, pero sé que en un mes sacamos un gaucho hermoso.

Jaqui: En tiempo récord.
Amancay: En tiempo récord, pero porque mi proceso es todo el día. Me acuesto donde lo puedo ver, cierro los ojos un rato, vuelvo… es meditación.
Ahora ya está. Encima tengo esa incertidumbre y sorpresa de no saber qué va a pasar si me traen cosas: si después las tengo que mover, o si se las voy poniendo en el momento, o si después será parte del proceso trabajar con una florcita, una cintita que le vaya colgando.
Jaqui: Tiene muchos objetos representativos para el Gauchito, para la tierra, lo regional de donde viene.
Amancay: Sí, militamos el mate, el tereré que se viene la época, el cuidarse también. Es un estilo de vida: decir “quiero dedicarme a esto, no quiero hacer esto otro”. Así que tranquilos, vamos a ir a ver qué pasa, hacer fotos, arte, jugar con los chicos, que la familia se reúna y se saque fotos. Si quieren colaborar colaboran, si quieren dejarle un regalo le dejan. Después el 9 te cuento qué pasó.
Lo que comenzó como una respuesta urgente al desalojo de un altar se transformó, en tiempo récord y a puro pulso creativo, en un nuevo faro para la comunidad. El Gauchito de Amancay Sal no es solo una obra de arte estática; es un punto de encuentro, un espacio de resistencia pacífica y un santuario móvil donde el barrio deposita sus ofrendas, sus abrazos y su fe.
Ese andar itinerante que comenzó el 21 de mayo encontró su culminación —al menos en este tramo del camino— el pasado 21 de septiembre en la Escuela de Fotografía de La Boca, cerrando una gira cargada de afecto, asombro y abrazos callejeros. Lejos de cerrarse, el universo simbólico de Amancay sigue expandiéndose (ya asoma por ahí la inquieta Santa Gilda), recordándonos que en La Boca la cultura no se encierra en los museos: se vive, se camina, se comparte y, sobre todo, se defiende en comunidad.

