Por María Cecilia Parada
Hay producciones escénicas que nacen con una impronta singular, pero solo el paso del tiempo determina cuáles están destinadas a consolidarse como mitos de la cultura popular. Cuando Benito de La Boca se presentó en su temporada de estreno, el destino de la puesta permanecía como una hipótesis prometedora. Hoy, al celebrarse el inicio de su cuarta temporada en el Teatro de la Ribera, cualquier atisbo de incertidumbre se ha disipado: se asiste, sin lugar a dudas, al nacimiento y la consolidación de un clásico indiscutido del teatro musical porteño.

Benito de La Boca. Ph: Gustavo Gavotti.
El regreso de la pieza a la cartelera no solo confirma su vigencia, sino que demuestra la vitalidad de una propuesta que, lejos de estancarse, incorpora sutiles pero certeros ajustes en sus cuadros escénicos. La capacidad del montaje para conmover de manera reiterada a las audiencias —incluso a quienes vuelven a ella en múltiples oportunidades— radica en la universalidad de su propuesta y en una sensibilidad que no se desgasta con la repetición, sino que se pule con cada función.
El marco espacial resulta indisociable del fenómeno. La obra cobra vida en la mismísima sala fundada por Benito Quinquela Martín, lo que genera un potente bucle temporal y simbólico donde el teatro rinde homenaje a su propio creador en su territorio soberano. En el plano escenográfico, la decisión de Marlene Lievendrag y Micaela Sleigh de integrar la silueta del Puente Transbordador directamente al proscenio resulta un acierto mayúsculo. Así como París se referencia en su Torre Eiffel, la identidad boquense se erige sobre la fisonomía de este gigante de hierro, cuya presencia omnipresente cobija y da escala a toda la representación.
Uno de los pilares fundamentales de la puesta es su entramado sonoro. La dirección musical y partitura original de Gustavo Mozzi opera como un semblante fidedigno de la diversidad cultural de La Boca. La música funciona aquí como un espejo de la inmigración que pobló la ribera: en una misma trama acústica conviven las cadencias del tango orillero, las pulsaciones del candombe y las reminiscencias melódicas traídas por las corrientes europeas a principios del siglo XX. Esta heterogeneidad musical se ensambla de manera orgánica con el virtuosismo de un elenco polifacético y una orquesta en vivo que ejecutan las complejas coreografías de Gustavo Wons con notable precisión formal.
- Benito de La Boca. Dirigida por: Lizzie Waisse. Ph: Carlos Furman.
- Roberto Peloni interpretando a Benito.
El diseño de personajes y el vestuario devuelven una cuidada radiografía social de una época signada por las luchas proletarias, mientras que la iluminación de Eli Sirlin construye atmósferas sublimes que logran transportar los cuerpos de los actores hacia la materialidad y el color de los lienzos quinqueleanos, generando una verdadera sinestesia estética.
Por su parte, la dirección general de Lizzie Waisse sostiene con solvencia un dispositivo metateatral donde los intérpretes rompen la cuarta pared para anunciar sus cambios de rol. Este juego de cajas chinas añade capas de profunda espiritualidad y lirismo a la narrativa, permitiría, por ejemplo, que una misma actriz encarne tanto a las monjas de la Casa Cuna como a Justina Molina, la madre adoptiva de Benito; dos figuras cardinales en el amparo de la infancia y la vocación del artista.
Guiada por la figura histórica de Juan de Dios Filiberto —en una sólida interpretación de Rodrigo Pedreira— y una guía de turismo que fractura la linealidad temporal a cargo de Belén Pasqualini, la dramaturgia sintetiza magistralmente más de ochenta años de historia. La propuesta logra equilibrar con lucidez la tensión histórica entre la rigidez del academicismo aristocrático y el pulso vibrante, genuino y periférico de la vida comunitaria.
Benito de La Boca se erige como una proeza artística sostenida por un riguroso trabajo de investigación histórica y el talento de un elenco de artistas integrales encabezado por Roberto Peloni. En última instancia, la obra triunfa al honrar no solo al pintor de renombre internacional, sino al filántropo que transformó su entorno en escuelas, hospitales, lactarios y museos. Para quienes conocen la hondura de su legado, la pieza es una confirmación poética; para quienes se aproximan por primera vez, constituye una invitación ineludible a descubrir la dimensión de un creador que supo pintar su aldea para volverse universal.
Ficha técnica:
Benito de La Boca. Idea original y dirección general: Lizzie Waisse. Música original y dirección musical: Gustavo Mozzi. Con Roberto Peloni, Rodrigo Pedreira, Belén Pasqualini, Alejandra Perlusky, Julián Pucheta, Sol Bardi, Francisco Cruzans, Jimena Gómez, Nicolás Repetto, Evelyn Basile, Tatiana Luna, Mariano Magnífico, Federico Strilinsky, Nicolás Tadioli, Florencia Viterbo, Fiona Mastronicola, Matías Prieto Peccia, e integrantes que conforman la orquesta.
En el Teatro de La Ribera: Pedro de Mendoza 1821, La Boca, CABA. Funciones: viernes, 14hs. sábados y domingos, 15hs. En vacaciones de invierno: de miércoles a viernes a las 14 hs, sábados y domingos a las 15 hs. Duración: 85 minutos.



