Roberto Fats Fernández

Por Sofia Ximena Acosta

La música de la ciudad de Buenos Aires supo tener un representante en el género del jazz, siendo Roberto “Fats” Fernández el trompetista más destacado.

Su imagen volvió a hacerse visible en los principales diarios del país y en las redes sociales de muchos músicos y admiradores, quienes con tristeza y cariño lo recordaron y despidieron, tras su fallecimiento, ocurrido el pasado 8 de enero a los 88 años.

Nació el 7 de junio de 1937 en La Boca, barrio que lo vio descubrir y desarrollarse en la música hasta el final de su trayectoria.

Roberto nombraba a su barrio con orgullo, ya que, además de la pizza, su gente y la esencia, fue acá donde comenzó su vínculo con la música. En el grupo de exploradores de Don Bosco, ubicada en la calle Olavarría, con apenas seis años comenzó a descubrir la música y los instrumentos gracias a la banda de la escuela. A partir de ese momento todo fue en ascenso y, a los catorce años, comenzó a recibir una paga por cada presentación que realizaban con la orquesta.

Comenzó a tocar su trompeta a los 17 años junto al legendario grupo “The Georgian´s Jazz Band”. Luego pasó a integrar el quinteto de Leandro “Gato” Barbieri y el grupo “Sanata y Carificación” de Rodolfo Alchourrón.

El talento de Fats traspasó fronteras y realizó jam-sessions junto a Chick Corea, Randy Brecker, Larry Coryell y el gran Dizzy Gillespie, entre otros. Además brindó masterclasses tanto en Estados Unidos como en Argentina. 

Colaboró como músico sesionista en más de 300 LP, destacándose en el jazz y el tango, y también grabó música para películas.

En el año 1996, la Fundación Museo Histórico de La Boca junto a la República de La Boca lo declaró Ciudadano Ilustre de La Boca.

A partir del año `87, gracias al sello “Melopea” de Litto Nebbia, Fats pudo registrar todo su material asegurando la difusión y preservación de su obra.

La muerte es la parte más dolorosa de la vida, pero mientras haya memoria, habrá motivos para ser, hacer y dejar un legado. Algo por lo cual ser recordados.

El Señor labios, el Troilo de la trompeta, dejó música para volver siempre a él: a su historia, humildad y a su sonido de oro sutil y salvaje.

«Encontrar un sonido propio, ésa es la cosa. Un músico tiene un camino, algo que encontró mamando la teta de todos los músicos que tocaban mejor que él, de todos los que escuchó y de todos con los que tocó. Yo traté de arrimarme siempre a los que sabían más y de aprender, y mi sonido es mi historia. A mí me llaman más por eso que por otra cosa. Yo tengo una técnica razonable, decente, pero no apabullo a nadie. Lo que Dios me dio es una versatilidad linda, ¿no?»