Ph: David Rosso

 Sentado en el inodoro de la habitación, mientras observa por enésima vez los revestimientos de marrón claro que rodean las paredes, las baldosas oscuras del piso y escucha el goteo de la canilla que evidentemente no cerró de manera correcta, en la cabeza de Hernán se pasean miles de preguntas “¿Por qué a mí? ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Qué hago? ¿Por qué no me lo dijo? ¿Y cuándo lo sepan todos, cómo se los explico? ¿Qué me van a decir? ¿Qué van a pensar? ¿Cómo sigo?”. Definitivamente no está viviendo la situación que tanto ansiaba, hasta hace veinte minutos, cuando ingresaba en el auto al hotel que tanto le habían recomendado sus amigos, junto a Daniela.

 Decide flexionar sus piernas para levantarse, cierra bien el grifo para dejar de desperdiciar agua, apoya las manos a los costados de la pileta y observa el espejo. No lo hace con la actitud de querer peinarse como cuando tenía cumpleaños de 15 de amigas o compañeras de curso, o cuando concurre a un evento especial y se arregla para “estar bien”, o mejor dicho lo sencillamente discreto para que nadie le marque lo mal que está. Al verse reflejado siente que lo invade una especie de crisis existencial, que lo hace rememorar situaciones de su pasado. Justo él que mientras sus compañeros de primaria preferían ver programas de entretenimiento, miraba programas de historia y de política.

Ph: David Rosso

 Se traslada al tiempo en el que  cursaba la secundaria en un colegio privado de la zona sur de la capital porteña y rememora los debates más fuertes que tuvo con quienes compartía clases esos años. Recordó los argumentos que estos le daban para mostrarse en contra del matrimonio igualitario. Las frases más repetidas eran “Seguro van a influenciar en la sexualidad de sus hijos”, “No está bien que se besen en cualquier lado” y el más aberrante “Mira si se violan al hijo que adopten”. Él, moviendo sus brazos creyendo enfatizar sus respuestas, mencionaba “los homosexuales no nacen de extraterrestres, que son los heterosexuales quienes les dan vida así que evidentemente sobre elecciones sexuales no logran influir, además la sexualidad es solo un gusto sobre otro ámbito de la vida. Acaso no los observo tan indignados cuando una madre o un padre le quieren imponer que deporte hacer a su hija, o de que equipo debe ser hincha su hijo”. Sobre la segunda cuestión añadió “Nosotros no pedimos permiso para besar a una novia en el colectivo, un parque, un cine o cualquier otro lugar. Nadie nos viene a inducir que dejemos de hacerlo porque le da asco y le desagrada esa situación. Por qué deberíamos hacérselo nosotros a ellos? Por qué no estamos acostumbrados? Nos deberemos acostumbrar y permitir que lo que antes era anormal ahora sea normal, en definitiva son lo mismo que nosotros, personas que demuestran afecto a otras”. Sobre el tercer argumento manifestó no poder creer lo que estaba escuchando, porque la mayoría de violaciones son realizadas por hombres heterosexuales y recordó que el caso más emblemático de un violador de menores era el de un cura del cual todos sabían su nombre.

 Continúo con su relevamiento de fuertes disputas con sus compañeros y paso al turno de los planes sociales, a uno en particular, la Asignación Universal por Hijo. De antemano sabía que sus colegas detractores ante este asunto en algún momento realizarían el mal intencionado comentario de “se embarazan para que les den plata”. Comenzó dando toda una serie de importantes argumentos pero cuando esa frase salió de la boca de una compañera, los miro a todos y afirmó “somos más de 30 personas acá, seguro que alguno de nosotros tiene un familiar o un conocido que desgraciadamente ha perdido un hijo, los invito a que les pregunten cuánto dinero necesitarían para subsanar la perdida. Ustedes saben la respuesta que van a obtener. No busco obligarlos a que dejen de pensar que hay personas que buscan un hijo por plata, porque seguramente las hay, pero sepan que no es precisamente el caso de una mujer que debe primero comprobar la necesidad del plan social y que sabe, lo va a tener hasta la mayoría de edad de su hijo”. Al terminar de escucharlo, la profesora rompió en llanto y dio por finalizado el debate. Lo que Hernán no sabía es que sus dichos no solo hicieron reflexionar a la rubia docente, sino que también le trajeron la cabeza el sufrimiento de su mejor amiga.

 La última ocasión donde el volcán de discusiones con sus compañeros hizo ebullición fue cuando quisieron cuestionar su investigación sobre el aborto en la cual había recolectado opiniones de distintos profesionales de hospitales públicos y había entrevistado tanto a mujeres que se habían realizado dicho proceso como a personas de su entorno. Para evitar un conflicto mayor con quienes estaban en contra les indico “La discusión dejó de ser sí o no, más bien es si queremos solucionar el problema o queremos continuar nuestros días siendo hipócritas. Por eso pido y me muestro a favor de que el aborto sea legal, seguro y gratuito para todas, no solo para quienes puedan pagarlo”, luego los mandó humildemente a husmear sobre sus conocidos para que se den cuenta de que la problemática podía estar más cerca de lo que ellos creían.

 Como periodista trata de llevar su profesión sin ir en contra de sus principios, de declarar con argumentos y sobre todo ir con la verdad. Por eso constantemente tiene desencuentros y discusiones con sus jefes, esa clase de personas que quieren el crecimiento de otro pero hasta cierto punto porque luego empiezan a molestar.

 Hasta que en un momento comienza a rememorar la cronología de sucesos que lo llevaron a este presente. Una bonita joven de 25 años que conoce en la casa de Julián, uno de los amigos del grupo que festejaba su cumpleaños. Cruzaron miradas en un intercambio de ideas que se había armado en la reunión sobre como sentían que estaba el país. Pegaron tanta onda que en un momento se encontraron sobre una de las ventanas de la casa hablando solos, él ya llevaba una hora perdido en los ojos verdes de ella. Mientras la observaba llevar la lata de cerveza a hacia su boca, sin saberlo, Hernán mencionó una frase que modificaría todo, “Soy así, para mí escuchar al otro es aprender y discutir no es pelear, solo es otra forma de dialogar”. Eso le fascinó a Daniela pero, por timidez o por creer que no era el momento, obvió mencionárselo. Al finalizar la noche ya se habían pasado celulares. Ella vivía sola en un piso en Devoto, atendía en el local de ropa de una amiga y estaba en el último año de Filosofía. Era la primera vez que Hernán de 27 años, sentía que le gustaba en serio una piba rubia. Siempre le habían gustado las morochas. Le llamaban la atención los tiradores o pantalones extravagantes que utilizaba y sus varios tatuajes, bien distribuidos por su cuerpo, le encantaban. Era distinta a lo que él estaba acostumbrado.

 Si Juliana siempre tenía ojos para otros hombres, si Sol a pesar de todo nunca dejaba a su novio, con Mariana no había funcionado y hacía mucho que no se sentía en la misma sintonía con una persona, la aparición de Daniela le vino en un buen momento. Comenzaron a verse cada vez más seguido, o iban al cine y luego a comer, se iban al parque a pasar la tarde y hasta aprovechaban las salidas entre amigos para estar juntos.

 Una noche Hernán entendió que la confianza y el afecto que se transmitían permitida pasar a otra instancia. Después de comer en un restaurante, manejó rumbo al hotel que le habían recomendado sus amigos. Estacionaron y pidieron una habitación. Dentro de la misma comenzó a besarla pero enseguida Daniela lo corrió con los brazos para hacerle una confesión, “soy transexual, no sabía cómo decírtelo”. Hernán quedo abrumado por la situación y solo atino a pedirle unos minutos para pensar en el baño.

 Nuevamente observa su reflejo en el espejo, tiene miedo, como en pocas situaciones de su vida lo tuvo. En este momento se encuentra atado a los prejuicios que siempre detesto. Sufriendo una crisis existencial, en su mente aparece la frase que le hicieron al personaje de Pablo Echarri en la novela El Elegido, “¿Qué nos queda si nos despojamos de la personalidad que hemos construido con el tiempo? La verdad de lo que somos”. Enseguida se imaginó el estribillo de una canción de El Bordo, una de sus bandas preferidas, que resalta “Sácate ese disfraz que no se ve bien quien sos. Sos el actor principal en esta rara función. Sos el actor principal y estás perdido en el show”.

 Después de eso salió del baño, se acercó a Daniela, quien estaba sentada en la cama llorando desconsolada. La tomó de la mano, le corrió el pelo que tapaba sus ojos llorosos, le pidió perdón por lo sucedido. Le explicó que sintió vergüenza, no por ella si no por él mismo por sentirse encadenado a lo que puedan decir y pensar los demás. Se abalanzó sobre su cuerpo, la beso y comenzó quitarle la ropa. Ella gozaba. Él reía, era libre, era feliz por lo que estaba pasando y por entender que con cuantos menos prejuicios viva menos pelotudo es.