La igualdad ante la muerte

Escila y Caribdis, dos actos, cara y contracara de un mismo mundo que confluyen complementandose. El director interdisciplinario Emilio García Wehbi llevó al Teatro Nacional Cervantes este clásico que nos interpela y persiste para hacernos preguntas sobre el presente, y que recientemente nos enteramos que volverá en la temporada 2019. En este caso, se toman dos ejes fundamentales: la antropofagia y los niños como símbolo de lo que aún sigue pasando en la humanidad. Allí está el mito transgrediendo los límites de la cultura, pero acá el crimen dentro del clan de sangre se duplica. Los hermanos comen a sus hijos junto a todos los que están invitados al banquete.

Escila de neón, barro y tripas.

Primer acto, primer round, cuatro niñas uniformadas de azafatas dominan física y verbalmente la escena, conformada por un despliegue escenográfico que va desde un bosque lleno de chatarra y autos en ruinas, hasta una suerte de casita en el árbol muy moderna. Todo fusiona dos mundos, dos referencias actuales que se cruzan con cuestiones de lo más ancestrales, como es la tragedia griega. La casa de las niñas es un refugio frente a la dictadura de la adultez, la televisión y los dibujos animados incluídos, el playroom con forma de carpa, fragmenta la mirada en un doble juego de espacio y acción. Las niñas, lejos de reproducir un discurso ingenuo, son las encargadas de enunciar lo que podemos pensar como un manifiesto político de la infancia, temática oportunamente abordada por El Periférico de Objetos.

De repente, desfile de payasos y muñecos de por medio, conforman el bosque del insulto, en una especie de campo de concentración dominado por los más chicos, donde la violencia congrega a las niñas en la práctica de un entrenamiento con y contra la agresión, naturalizando su entorno para volverse inmunes frente a un mundo de antropofagia social.

Niños salvajes se preparan para un mundo salvaje, se insultan adrede: “quieren hacernos invisibles, duras e inmóviles… las palabras ya no duelen, van perdiendo su significado” refieren en escena, evidenciando la naturalización cotidiana del maltrato.  Y así, aquello que parece atemporal se vuelve cotidiano.

Luego del entreacto, ingresa el mensajero, con ropa deportiva y en cuerpo de mujer, dirigiéndose directamente al público, anuncia y explica la tragedia de Séneca, la cual fusionada con melodías de rap, conecta esos dos mundos, dos temporalidades en apariencia distantes. De esta forma, se introduce un juego con el lenguaje, que combinará expresiones cotidianas con vocabulario ligado a la Antigüedad, hacia nuevas interpretaciones en pos de una reflexión sobre nuestras sociedades actuales.

Caribalis de neón da la bienvenida al teatro del terror.

Segundo acto. Analía Couceyro y Maricel Alvarez son Tiestes y Atreo, los hermanos, los padres y los herederos del poder en cuerpo de mujer. Ambas actrices son todo terreno y son merecedoras de muchísimos aplausos. Adoptan al escenario como si fuera un ring, irrumpiendo en la escena con toda su corporalidad y haciéndose dueñas de su momento. La destreza corporal y el desplazamiento son acordes con la ejecución de parlamentos muy complejos y de enorme intensidad dramática. El reto que era de a dos se convierte en un combate múltiple, nadie se salva del mal que aqueja a este banquete. Las actrices-padres lograron captar la atención de sus hijos, quienes vuelven para reclamar el cuidado que cualquier hijo necesita.

Este segundo acto resulta más performático, las actrices, a través de sus cuerpos y del juego entre presencias-palabras-conceptos presentan y representan el hacer de otro, evidenciando ese “hacer de”, que enfatiza la fuerza del simulacro. En este sentido, podemos decir que la especificidad propia del teatro como co-presencia de los cuerpos, resulta un aspecto fuertemente resaltado a lo largo de la obra. Cuerpos-presencia del aquí y ahora teatral, que, a través de sus diferencias, ponen de manifiesto la problemática de la imagen virtual mediatizada como modo de relación con el mundo, con el otro.

La venganza de sangre, resuena hoy en nuestras sociedades depredadoras de nuevas generaciones, hiperconectadas, que paradójicamente parecen adormecer a los jóvenes, bajo moldes que aniquilan cualquier posibilidad de disenso, en palabras de Jacques Ranciereel consenso es la presuposición de inclusión de todas las partes y sus problemas, que prohíbe la subjetivación política de una parte de los sin parte”, una mundialidad de lo humano que es mundialidad de la víctima.  

A la intertextualidad con la tragedia griega, se suman elementos iconográficos en escena, como el cuadro de Goya, Saturno devorando a sus hijos, junto con la ya conocida resonancia del teatro de Tadeuz Kantor, a través del deambular de payasos siniestros, circo, humor negro y cinismo frente a lo sagrado como método, como la escena voraz donde se parodia la última cena, momento clave de la obra. Así, García Wehbi, a través de su reescritura del mito, abre el significado a nuevas y múltiples interpretaciones.

Entonces, podemos pensar la idea de la presencia como desocultamiento, como regreso al origen, lo cual nos permite trazar una clave de lectura en torno a los cuestionamientos que atraviesa el entretejido de la obra, haciendo hincapié en los modos en que se construye la autoridad. En este sentido, Wehbi invierte el orden, ubicando a las minorías en el centro de la escena, que cada vez tienen más voz, en lo que podemos pensar como una invitación a reflexionar sobre la imagen del canibalismo cotidiano del que somos parte.


 

Ficha técnica

Adaptación: Emilio García Wehbi / Actúan: Maricel Alvarez, Florencia Bergallo, Analía Couceyro, Carla Crespo, Erica D’Alessandro, Veronica Gerez, Cintia Hernández, Mercedes Queijeiro, Jazmin Salazar, Mía Savignano, Lola Seglin, Lucía Tomas / Vestuario: Belén Parra / Escenografía: Julieta Potenze / Iluminación: Agnese Lozupone / Música: Marcelo Martinez / Asistencia de iluminación: Celina Font Nine / Asistencia de dirección: Gladys Escudero / Director musical asistente: Vanesa Del Barco / Producción: Santiago Carranza, Leandro Fernandez / Coreografía: Celia Argüello Rena / Coaching De Niños: Aymará Abramovich / Dirección musical: Marcelo Martinez / Dirección: Emilio García Wehbi.