Cuando la felicidad queda suspendida

 El ingreso a la sala, al fondo del pasillo, nos recuerda a una casa de las de antes, esas que nos hacen viajar en el tiempo, remontándonos al barrio, los amigos, el almuerzo del domingo, la familia. La platea se encuentra luego de atravesar el living comedor, pegado a la cocina, con iluminación y escenografía funcionales, aprovechando cada rincón de los espacios propios del teatro, como escaleras ó ventanas que son paredes.

 Pronto, la puerta por la que se ingresa se transformará en una medianera que divide la acción entre los cuatro personajes (dos parejas que rondan los 60) y diálogos incomunicados. El director, Nelson Valente, presenta la obra y pone play a la acción, que comienza con Susana (Cristina Pachi Molloy) y Nelly (Lide Uranga), en la cocina.

 Nelly cuenta una historia de amor, se confunde, habla mucho, habla rápido, como si todo ese caudal de palabras pudiese llenar un vacío que el tiempo volvió habitual. Tito (Enrique Amido), su marido, aparece como el vocero de lo que está bien y lo que está mal, la corrige constantemente desde el otro lado del abismo que los separa. La dupla femenina conversa en la cocina, mientras sus maridos pareciera que reparan algo en un patio o taller, como si cada personaje se correspondiera con universos traducidos en diferentes ambientes del hogar, juntos pero separados. El conflicto central se produce con la irrupción de ambos hombres en el espacio de las mujeres. Los tiempos se vuelven largos, los silencios incómodos. Bajo una charla cotidiana, la tensión crece.

 La pregunta entorno a la felicidad y los sueños que no fueron, inician la fractura del personaje de Antonio (Carlos Rosas), haciendo estallar la obra toda. La idea del amor como algo idealizado es llevada a escena, mostrando el resquebrajamiento que conlleva aferrarse a la rutina, al remarcar que la verdad solo puede decirse a medias. “Acaso ¿la felicidad consiste en sostener lo que se ha construido?”, se preguntan los personajes de otra de las obras en cartel dirigidas por Valente (Solo llamé para decirte que te amo).

 A la cita de Nietzsche “de nadie estamos más lejos que de nosotros mismos”, que aparece en el programa de mano, Nelly pareciera responder con su verborragia infinita, como manifestación de la angustia que generan los cuerpos presentes porque ausentes, comparable a la materialidad misma del teatro, que muestra lo invisible, lo no dicho, la ausencia por presencia.

 En una época donde rige la apariencia, en la que las relaciones personales resultan habitualmente hipermediadas por el campo de la tecnología; el tiempo, la cotidianeidad y la indiferencia son puestos a prueba, como disparadores para modificar la manera en que establecemos lazos. El declive nos interpela, un domingo como cualquier otro, invitándonos a reflexionar sobre el modo en que construimos la felicidad.


Ficha técnica

Actúan: Enrique Amido, Pachy Molloy, Carlos Rosas, Lide Uranga / Fotografía: Mariana Fossatti / Diseño gráfico: Sebastián Carzino / Asistente de dirección: Leandro Calcagno / Dramaturgia, puesta en escena y dirección: Nelson Valente.


Teatro Timbre 4 (Sala Boedo 640- CABA) / Funciones: domingos 19hs. / Entradas: $300.

Banfield Teatro Ensamble (Larrea 350 – Lomas de Zamora) / Funciones: viernes 21hs. / Entradas: $200.